jueves, 16 de diciembre de 2010

Perdido en la niebla

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Pasearon hasta que les dolieron los pies. El frío se colaba entre los recobecos de sus bufandas y no tenían más calor que el propio, y no tenían suficiente confianza como para ofrecérselo mutuamente.

La noche calló como un manto negro y la niebla apareció de la nada, ahí estaban, escondidos del mundo. Solos, juntos. Ahí estaban conversando, compartiendo, viviendo. Ahí estaban sintiendo. Sonriendo. Ella irradiaba magia, él ofrecía sensatez.

Entre la noche y la niebla pasearon por el parque donde los árboles desnudos de follaje se veían obligados a resistir otro duro invierno más. Las hojas ofrecían un mero entretenimiento travieso para él, que las pateaba ofreciéndoselas a ella mientras hablaba de la vida, de inquietudes, de sensaciones. Ella hablaba de sueños, de vivencias, de futuros. Susurraban deseo.

Se quedaron callados.

Se miraron.

Se acercaron.

Una foto perfecta lucía de fondo en una situación perfecta. La sombra de un árbol, el reflejo en el agua, la luz de una luna disipada por la densidad de la niebla. Ya no hacía tanto frío. Ya no estaban solos, ni juntos. Ella ofreció sensatez, él se sintió mágico.

La foto nunca se hizo. El beso siempre quedó ahí, en el sueño, perdido en la niebla. Esperando a ser encontrado, de nuevo.
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